sábado, 15 de septiembre de 2012

El asalto a las embajadas


“Lo que le reprocho en la actualidad al mundo árabe es la indigencia de su conciencia ética; lo que le reprocho a Occidente es esa propensión que tiene a convertir su conciencia ética en herramienta de dominio…el resultado es que Occidente no deja de perder credibilidad moral y sus detractores no tienen ninguna.
Eso  escribía Amin Maalouf en El desajuste del Mundo (Alianza) hace menos de tres años. Alguna razón tendrá este hombre de alma dividida, y a menudo desgarrada, como condiciona sin duda su origen y vivencia libaneses.
Ha sido una lectura de estas vacaciones y la he recuperado estos días para revisar algunos razonamientos de fuste en medio de esta tormenta que no cesa y que ya se ha cobrado algunas vidas: los asaltos a las embajadas de países occidentales (particularmente de Estados Unidos) en países árabes.
Si hubo agravio en la película de Sam Bacile, La inocencia de los musulmanes, resulta insufrible por desproporcionada, la reacción de quienes asaltan representaciones diplomáticas con una furia que no veíamos hace tiempo. Esto es obvio, incluso si Mahoma levantara la cabeza y se sintiera verdaderamente ofendido (que lo dudo) como proclaman sus furibundos mentores.
Que la cinta sea pura bazofia (he tenido ocasión de ver algunas secuencias y lo es: un panfleto insensato, innecesario y nada inocente) es irrelevante, pues el tal Bacile tiene todo el derecho del mundo a mostrar en público las excrecencias de su sentido estético si le place. Y diría exactamente lo mismo si a un cineasta musulmán (es curioso que nunca hagan esa clase de cosas) se le ocurriera tejer una historia en la que Cristo o Buda aparecieran en situaciones que no describiré por mero sentido del buen gusto.
Pero me confieso perplejo cuando se enfrentan la conciencia plena de que la libertad de expresión debe de ser preservada a toda costa y la comprensión hacia quienes se comportan como resortes letales cada vez que se rozan los símbolos de sus creencias, no otra cosa en realidad que un pretexto, la espoleta de una bomba que la historia ha cebado.
Maalouf lo dice de este modo:  “contrariamente al tópico establecido, el pecado secular de las potencias europeas no ha sido el de querer imponer sus valores al resto del mundo sino, precisamente, lo contrario: el haber renunciado continuamente a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados”

martes, 4 de septiembre de 2012

Isla de Tierra


Algo hemos progresado. Al menos este Gobierno nos ha ahorrado la vergüenza de tener que escuchar a un necio ministro (que ahora nos representa ante su graciosa majestad: ¡oh my God!) profiriendo arengas ridículas ante lo que sin duda habría considerado una invasión de suelo nacional por huestes foráneas. Me refiero, claro está, a esa mierda de pedrusco llamado Isla de Tierra frente a la costa yerma de Marruecos.

A cambio, es probable que consigamos el dudoso honor de ser uno de los países de Europa que peor trata a quienes huyen de una miseria inimaginable para intentar un triple salto mortal en Occidente. Para ello contamos con la inestimable colaboración de un régimen que se pasa habitualmente los derechos humanos por el forro de la chilaba: el de una familia de parásitos como es la monarquía alauí, tradicionalmente liberticidas y genocidas y a cuyos titulares nuestro monarca gusta de llamar “mi hermano”

En este momento en que escribo estas líneas, 73 de esas personas que se habían instalado en el islote, deben de estar deambulando por algún lugar del desierto cerca de la frontera con Argelia que es como resuelve Marruecos esta clase de problemas: abandonando a su suerte a quienes no consiguen cruzar el Estrecho después de un durísimo periplo que comienza al sur del Sahara y que nunca sabremos cuántas vidas se cobra antes de enterarnos de que están ahí, llamando a nuestra puerta.

No soy experto en derecho internacional, pero tengo la impresión de que en este asunto hay algo nada claro. Una vez se supo que esa gente estaba en el islote, la historia se ha contado como un episodio de cooperación España-Marruecos, finalmente resuelto a satisfacción.

Para esas personas que ya están en el sumidero de la historia, que han sido barridas bajo la alfombra de la miseria humana, la cosa ya no tiene arreglo: ya no existen porque han desaparecido de nuestra vista y ya ni siquiera sabremos si muchos de ellos dejarán, literalmente, de existir en los próximos días.

Pero, ¿qué quieren?, tal vez sea yo un descreído, pero no me conformo con la explicación de una especie de Trillo escarmentado (el ministro Margallo), según cuyos portavoces, la “operación conjunta de ambos países” se desarrolló "sin ningún incidente" y ha sido un "éxito", con una actuación "modélica" de la Guardia Civil y una "inestimable" colaboración de Marruecos.

A mí me parece que lo que ha hecho el Gobierno español es una flagrante violación de nuestra propia legislación al desalojar a los inmigrantes y entregar a la gendarmería marroquí a la mayoría de ellos, porque el procedimiento establecido en la Ley de Extranjería obliga a estudiar de forma individual si cada una de los desplazados reúne los requisitos para acceder a territorio español y para posibilitarles que, en su caso, puedan solicitar asilo. Y algo debe de haber, en vista de que la portavoz de la Comisión Europea acaba de recordar a nuestro país que “se deben respetar los principios y obligaciones del derecho internacional, como es el principio de no devolución”

Como en tantas cosas, es probable que la Europa de las declaraciones haga eso, declaraciones. Y nada más. Al fin y al cabo esa gente que abandona el horror busca un pedazo del pastel del estado del bienestar (al que tienen derecho, todo el derecho, por cientos de razones de distinto tipo y aunque ellos no sepan que ya nos encargamos nosotros mismos de no dejar ni las raspas) y pueden resultar más molestos que nunca. Si el episodio lo soluciona un país periférico y menor con la ayuda de otro a quien siempre podremos saludar con cierto desdén en los salones de la diplomacia, pues salvemos la conciencia declarativa y a otra cosa. La historia del mundo.

Ni siquiera sabremos nunca qué fue de esas 73 personas arrojadas al desierto con lo puesto, con la “inestimable colaboración” de…de…un negrero. Es una terrible ironía: quizás algunos incluso mueran pero, llegado el caso, como ojos que no ven, corazón que no siente, no nos sentiremos cómplices de asesinato. Y, en cambio, habremos aprendido algo de geografía: ¿ustedes sabían que Isla de Tierra es un pedazo de la patria? Yo ni idea.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Incendios forestales


El responsable de un incendio forestal es quien lo prende y su acción debería ser considerada a todos los efectos, terrorismo. La anterior es una afirmación que cualquier persona decente puede hacer suya. Pero si eso es todo lo que decimos respecto a las causas y sus eventuales consecuencias de lo que constituye una tragedia nacional que este verano está resultado especialmente grave, nos estaremos conformando con una simpleza.

Si manteniendo lo anterior, aseguramos que la virulencia de los incendios este año es el resultado sobre todo del abandono de los montes por causa de los recortes aplicados por el Gobierno de España y los de las distintas Comunidades Autónomas, añadiremos un argumento más pero tampoco la reflexión quedará completa.

Como ya sabemos, no es posible poner un policía tras cada carterista o cada maltratador. Naturalmente, tampoco tras cada pirómano o cada imbécil que se le ocurra arrojar una colilla a la cuneta, dejar rescoldos en una barbacoa dominguera o quemar rastrojos sin la máxima prevención. De modo que poco podemos hacer al respecto. Ni siquiera el endurecimiento de las consecuencias penales de estas acciones (necesaria, a mi juicio, en todo caso) pondría fin a las conductas negligentes o criminales; como dice un conocido aforisma, el voluntarismo solo conduce a la melancolía.

No estamos acostumbrados a calcular en hectáreas (150.000) pero, si nos detenemos a pensar que este verano el fuego ha calcinado una superficie similar a Guipúzcoa entera, tal vez nos hagamos una idea de la dimensión de la tragedia. Además de eso, resulta que este año, esa superficie es casi cuatro veces mayor que la que se quemó (39.000 has.) en el mismo periodo de 2011. De modo que algo ha debido ocurrir distinto y más grave.

¿Más causas naturales como rayos o cosas así? No, los meteorólogos dicen que no se ha producido una especial incidencia de esos fenómenos. ¿Más psicópatas armados de artefactos incendiarios campando por los montes? ¿Más insensatos sueltos por ahí? Tal vez.

¿Pueden ser una de las causas unas condiciones naturales especialmente adversas? En esto coinciden los especialistas y su respuesta es claramente sí: a un invierno muy seco e inusualmente cálido ha seguido un verano en el que henos padecido la visita de sucesivas oleadas de aire sahariano con un elemento añadido: la fatal coincidencia de altas temperaturas y vientos de cierta intensidad. Solo que poco podemos hacer al respecto

Claro que cuando lo anterior coincide con el ancestralmente nulo criterio por parte de las administraciones públicas en materia de prevención y unos recortes que en el caso, por ejemplo, de los Parques Nacionales (Garajonay en La Gomera, por citar solo un caso especialmente triste, pero también los de Las Cañadas del Teide y aledaños, Cabañeros o Doñana que igualmente han sufrido incendios de distinta intensidad) ha llegado este año al 20%, empezamos a vislumbrar que son muy variadas y distintas las causas del desastre y que resulta necesario asignar todas las responsabilidades a quien les corresponden, especialmente las que conciernen a las administraciones, como es lógico.

Algunos ejemplos extraídos de la realidad, esa que concierne a bienes másmodestos que  las joyas de la corona, es decir, los Parques:

En Cataluña, los recursos humanos empleados en la campaña han sido un tercio de los que hubo hace dos años y el presupuesto pasó  de 30 millones de euros para el verano de 2010 a 24 millones en 2012; el diario El País citaba hace poco palabras de un bombero de la Generalitat catalana: “"Había gente que no se podía incorporar a las labores de extinción –se refiere al incendio de La Jonquera-  porque no tenía guantes ni botas”

En la Comunidad Valenciana Enrique Sanz, jefe de unidad de una brigada forestal de Ontinyent (Valencia), aseguraba en el mismo reportaje que los recortes del Ejecutivo autonómico en la partida de la lucha contra incendios provocan que "perdamos seguridad y eficacia” e informaba que en el conjunto de la comarca de La Vall de Albaida este año se han reducido el 80% de las brigadas.

En Canarias el presupuesto para la lucha contra este tipo de emergencias ha disminuido  en 150.000 euros, al retirar sus aportaciones el Gobierno canario que luego, eso sí, se ha quejado de su negra suerte.

Pocos se atreven a discutir que el gravísimo incendio de La Torre de les Maçanes en Alicante está directamente relacionado con la supresión este año del programa Pamer financiado desde el Gobierno central y dirigido a la contratación por parte de las entidades locales de parados para el mantenimiento y la recuperación del entorno natural.

En fin, los ejemplos son muchos y tiene poco sentido seguir con un relato interminable que incluiría también Robledo de Chavela en Madrid, Castrocontigo en León u Ojén y Mijas en Málaga por citar solo desastres de especial gravedad que han supuesto pérdida de vidas y daños irreparables a las haciendas y la economía real de los habitantes de esos lugares.

Desde las administraciones podrán emitirse quejas sobre la maldad y la estupidez humanas o la fatal coincidencia de fenómenos naturales; podrá ensalzarse hasta el infinito el heroico comportamiento de los servicios de extinción, de la UME y de tanta gente anónima que este verano, literalmente, se la ha jugado, pero si hay algo que demuestra la experiencia es que resulta imprescindible una política de estado que ponga como centro de todos los esfuerzos la prevención, es decir, una política forestal y de espacios naturales que no sea cicatera. Hay cosas en las que no se puede escatimar.

martes, 28 de agosto de 2012

El peligro amarillo


No soy aficionado a las tertulias. No, desde luego, a las que pretenden alguna singularidad, es decir, literarias, sobre cine, sobre famoseo, las de la piscina de mi urbanización (escuela de vida en común en todo caso) o sobre la excitante vida sexual de las lapas.

Generalmente, las antedichas –las tertulias, no las lapas- solo sirven para que uno o dos de los asistentes se luzcan con sus sin duda utilísimos conocimientos y los demás se esfuercen por orientar la charla –casi siempre sin éxito- hacia algún punto en particular que dominan a base de darle al Google o a los crucigramas de (cabroncete, Mambrino, que te tengo calao) de El País.

Tampoco frecuento las de política general, ya sean en la radio o en la cada vez más vomitiva televisión. Ello es así porque, cuando las atendía jamás escuché a algún partícipe reconocer con un gesto que hubiera sido de agradecer: mire usted, es que de ese asunto no tengo ni pajolera idea. Eso le hubiera vuelto humano a él y a quienes con él estaban. Pero no. Esos tipos y tipas que saben de todo y de todo opinan con convicción y conocimiento de causa se me antojan marcianos pues tales pozos de conocimiento no son corrientes en este mundo nuestro. Yo creo que la sonda como se llame (ese ingenio absurdo que hemos enviado al planeta rojo como si no tuviéramos otra cosa en que gastar la pasta por estos barrios) no va a encontrar vida inteligente (en ciertos casos es solo un decir) sencillamente porque está entre nosotros.

En fin, me disculparán este largo exordio. Viene al caso para explicar mi estado de ánimo postvacacional; tan jodido es que, sí, he estado viendo una tertulia en televisión. Y no solo eso, sino que me ha suscitado reflexiones creo que de utilidad, ya ves tú. Espero que no sea un precedente o me lo tendré que hacer mirar.

Lo que se discutía es el dilema moral de si es peor finiquitar los ahorros del personal a base de ese arma de destrucción masiva que son las preferentes, o merece más reprobación asaltar un supermercado dejándose detener sin oponer violenta resistencia. Les ahorraré reproducir aquí los mejores momentos de la discusión; seguro que ya están hasta el colodrillo de escuchar  argumentos parecidos de los unos y los otros.

Pero me quedé seriamente preocupado al escuchar a un tertuliano aficionado a tildar de demagogos a todo quisqui siendo él la quintaesencia del argumento intelectualmente tramposo, afirmar que ese camino que han emprendido (Sánchez Gordillo y otros) es muy peligroso por cuanto no se sabe en qué puede acabar.

Es decir: sabemos en qué ha acabado la libérrima circulación de capitales; en qué está acabando Europa; en qué puede terminar el estado del bienestar y todo lo que tenga el apellido público. Conocemos bien cual fue el destino del Palacio de Invierno, pero ni por asomo vislumbramos a donde nos puede abocar la incautación de ultramarinos.

Pudiera suceder que la opinión pública derivara hacia una cierta perversión (a la que no serán ajenos algunos tertulianos) y acabemos justificando merced a un nacionalismo de puerro y marca blanca que se requisen los garbanzos de Carrefour, pero no los cosméticos Deliplus (se de unas cuantas amigas que agradecerían especialmente este gesto) de Mercadona. Sobre Eroski ni palabra que seguro que se me malinterpreta.

Un desastre en cualquier caso. Tanto que en primera instancia pensé si no sería este asunto de los Sánchez Gordillo y otros el principio del fin, el reverso tenebroso, de nuevo la amenaza de los soviets, como parecía insinuar el mencionado tertuliano; ah ¿Qué no lo he mencionado? Pues lo menciono oyes: era un tal Miralles.

Pero he tenido que comprar una llave inglesa y un acto tan simple me ha abierto los ojos.

Se trata de una cortina de humo; es una maniobra de distracción. Esas gentes que asaltan supermercados y se llevan cosas imprescindibles para la supervivencia, actúan en connivencia con los chinos. ¿Qué no había ningún chino entre los asaltantes? Pues claro, menudos son: actúan en la sombra, a la chita callando, como una incesante lluvia fina.

Mientras con esas acciones inspiradas y pagadas sin duda alguna por Pekín nos distraen, han conseguido que la clase media venida a menos y cada vez más en riesgo de exclusión o, directamente, de extinción, nos cuestionemos si conviene más comprar la herramienta por antonomasia, la llave inglesa, ya digo, de la prestigiosa marca Bellota o una sin padre conocido en un Hiper-Asia. Y lo peor, es que acabamos concluyendo que total qué más da si sirve para lo mismo.

Y este es problema. Sí, sirve para lo mismo. Pero ese plegarse a la realidad roma y ramplona, ese olvido del encanto de las viejas ferreterías o el desdén por las supertiendas de bricolaje que tantos problemas de autoestima han resuelto, implica una rendición, un entreguismo; es el fin de toda una civilización.

Yo creo que Rajoy no lo sabe. Si lo supiera, a lo mejor tampoco le gustaba.

 

domingo, 12 de agosto de 2012

La voz de los nuevos ciudadanos

Visto lo visto y a estas alturas ¿alguien medianamente informado estaría dispuesto a sostener que el Partido Popular agotará la legislatura gobernando? Pues, como de todo hay en la viña del Señor, es probable que lo haya. Sin embargo, quizás fuera más entretenido, al menos para las charlas de café, cruzar apuestas sobre cuánto tiempo va a durar; no me refiero a este Gobierno en particular (a mi me parece que Rajoy no se come el turrón sin haberlo cambiado al menos una vez, tal es el deterioro que está sufriendo y que previsiblemente se acelerará en cuanto pase el verano) sino, ya digo, a la convocatoria de elecciones anticipadas.

Personalmente tengo pocas dudas al respecto. De modo que ya no me interesa gran cosa cuales sean las derivas de Rajoy y su gente, como no sea para reafirmarme en la idea de que cuanto más tiempo esté en el poder más sufrirá el estado del bienestar. Sin más, sin matices, sin paliativos.

La cuestión pues sería saber qué viene después. Si, como creo, serán inevitables elecciones anticipadas en un plazo relativamente breve, la escena política española no habrá cambiado significativamente, no habrá dado tiempo en el supuesto de que hubiera voluntad para tal cambio en quienes deben de operarlo, así es que, a mi juicio, lo razonable será esperar una mayoría muy insuficiente del  PP, lo cual nos llevaría a gobiernos de pactos. No es lo que deseo para mi país, pero mejor eso que la apisonadora actual.

Así es que en este juego de política ficción (¿ficción o necesidad histórica?), deberemos ir aún más lejos. Deberemos pensar –soñar, tal vez- en transformaciones de calado. Y no se me diga desde la izquierda que no estamos para esa clase de grandes ejercicios imaginativos, sino para asuntos más prácticos, porque eso es lo que lleva haciendo la socialdemocracia desde que decidió que su papel histórico debía ser gestionar el capitalismo; triste pragmatismo que nos ha traido hasta la frustración.

En la izquierda española deberían tomarse en consideración las manifestaciones de personas  como José Antonio Laborda, presidente que fue del Senado desde 1989 a 1996.

En un interesantísimo artículo publicado en el diario El País el pasado día 1 de agosto, afirmaba con una lucidez digna de mejor atención que  “La disciplina del partido conservador español ha suprimido cualquier actitud liberal en su funcionamiento interno, lo que supone que el pluralismo que defiende no se aplica dentro del PP que es celebrado por la absoluta homogeneidad de su discurso y de sus miembros.”  Laborda añade que “…el pensamiento liberal – en el sentido clásico- no existe más que como propaganda electoral en ese partido…”

Probablemente los cuadros directivos del PSOE compartirán sin dificultad estas afirmaciones del ex presidente del  Senado. Lo que, visto su comportamiento un tanto esclerótico, no parecen dispuestos a aplicarse (aunque muchos se den cuenta de que es así) es que lo que dice Laborda les concierne a ellos mismos: algo así como que los socialistas no han evolucionado desde aquel cambio ideológico –o de praxis política, no lo discutiré- que en el meollo de la transición permitió el fortalecimiento de la disciplina interna y una atribución de poderes a la cúpula dirigente sin precedentes, algo seguramente necesario en aquel momento histórico.

Pero si debemos seguir con ese adjetivo tan pedante (“histórico”) estamos en un momento que lo es. “El PSOE será –deberá ser, quiere decir Laborda, supongo- una organización de personas que pensando de distinta manera, son capaces de ponerse de acuerdo” Porque el éxito en ese proceso de cambio, “será también el de la democracia española y europea” Al cabo, “…el fin de las reformas no es otro que devolver  los ciudadanos la confianza en los partidos políticos…” “La causa profunda de la desconfianza actual y por la que el PSOE no se recupera electoralmente está en la percepción ciudadana de que los partidos instrumentalizan las instituciones” Algunos recordamos aromas de una cosa que se llamó Nueva Izquierda y murió apenas nacía.

Hay más voces. Por ejemplo la de alguien que no lleva tanto tiempo como Laborda apartado del ejercicio del poder  y a quien tengo la impresión (no lo puedo afirmar, claro, desde mi casi total ignorancia de las entretelas del PSOE) que tampoco  -¿resulta algo incómodo quizás?-  se escucha demasiado: Odón Elorza.

El que fuera alcalde de Donosti, lleva un tiempo desgranando interesantes razonamientos en su blog y en la prensa diaria. Aboga por trabajar para la regeneración moral y la transparencia democrática…aplicando “la innovación y generosidad intelectual para empoderar a la ciudadanía tras el objetivo de salir de la crisis con un rumbo compartido y desde el reparto equitativo de los sacrificios. Habla Elorza nada menos que de un nuevo “contrato social” que se basa en un “pacto cívico de las fuerzas políticas con muy diferentes agentes sociales.” Y va a lo concreto: “urge un conferencia abierta para levantar la bandera regeneracionista y transformadora y remediar los vacíos del pasado Congreso” porque “Se acabó pensar en alternancias; se ha parado el péndulo de poder”

Odón Elorza es un político leal a sus ideas y a su partido. Y a mi modo de ver está en un tris de comprender otro tipo de lealtades a las que enseguida me referiré. Salvando ciertos prejuicios (en el sentido exacto del término) y algunas cautelas comprensibles, al ex regidor el fenómeno (ni siquiera le llamaré movimiento para no incomodar a los puristas) del 15M no le cae nada antipático. Me parece.

En Salida, voz y lealtad, Albert O. Hirschman escribía (¡ya en 1977!) que la opción de la salida es la típica del criterio económico: no nos gusta o no nos sirve algo y lo abandonamos, por decirlo de manera simple. La actitud política es la de la voz, de tal modo que quienes optan por ésta son los más leales pues no desean marcharse sino alzar la voz para cambiar las cosas. El análisis del economista alemán es mucho más sutil de cuanto acabo de decir pero creo haber anotado su esencia. 

Se ha dicho muchas veces que la crisis que padecemos es sistémica y es verdad. Soy consciente de que lo que sigue a algunos parecerá directamente una bobada y a otros tal vez les mueva a debate: a la luz de las reflexiones de Hirschman, he aquí la paradoja: lo que pretenden las formaciones políticas y actitudes conservadoras es precisamente un cierto cambio del sistema; la destrucción de un cierto orden de cosas que todos conocemos por estado del bienestar y ellos llaman de infinitas formas eufemísticas; hasta la náusea; es la salida y la crisis su coartada. Quienes se reconocen dentro –o en sus aledaños- de eso que se da en llamar el 15M, gentes de toda clase y condición (es importante subrayar esta diversidad) han optado por la voz; no son pues anti-sistema como interesadamente se les denomina a menudo por perversa asociación con gentes y grupos violentos a secas. Son acaso y precisamente, como escribía el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid el pasado 9 de agosto en El País, Fernando Esteve  “la esperanza del sistema”

¿Pueden hacer suya ese tipo de lealtad gentes como Elorza o Laborda o tantos otros dentro de los partidos de izquierda y fuera de ellos?

La pregunta, si se me permite la pretensión, no es baladí. Porque de la respuesta depende que el partido mayoritario de la izquierda española, el único con capacidad real de operar  un cambio de paradigma político y social, se convierta en el medio plazo en el instrumento (si no el único, sí el más notable) mediante el cual esa voz de la nueva ciudadanía se haga sustantiva.

sábado, 28 de julio de 2012

El gobierno ilegítimo de Rajoy

L a última legislatura de Zapatero fue la de la negación de la evidencia de la crisis y, con ello, la pérdida de un tiempo precioso. Mandatos anteriores, tanto del PP como del PSOE quizás sean recordados en los libros de historia, más allá de otros episodios menores vistos en perspectiva,  como aquellos que fueron incapaces, de un lado, de pinchar la burbuja inmobiliaria origen de muchos de nuestros males y atajar un estado de cosas en el que el más tonto hacía relojes…con buena pinta pero falsos; es decir  tiempos de corrupción rampante que es el principio del resto de tales males.

Si a todo ello se añaden estos algo más de seis meses del gobierno de Mariano Rajoy, puede que andando el tiempo, estas épocas recientes sean juzgadas por los historiadores de igual modo que lo son otras bien negras en nuestro devenir colectivo. Ni deseo ser profeta ni quiero recurrir al tópico tan frecuente del  fatalismo español, de que así somos los españoles, tenemos lo que merecemos y zarandajas parecidas. Así es que igual me equivoco en todo, aunque temo que no.

Pero digo que no tengo interés en abundar en las profecías por fáciles que resulten. Tal cosa sería un ejercicio estéril. Más bien creo que la gente, eso que llamamos la sociedad civil, o la sociedad a secas, deberíamos de dejar de llorar por las esquinas y aplicarnos al adagio confuciano, según el cual conviene que hagamos cuanto esté en nuestra mano sin esperar demasiado de lo que nos rodea, a fin de ser así más felices.

Hay tantas energías consumidas en dramas individuales que debiéramos tratar de ponerlas en común; es la manera de que no se pierdan. ¿Sabemos hacer cosas? ¿Tenemos ganas de hacerlas? Pues juntémonos y hagámoslas. Puede que cada uno de nosotros seamos una isla; bien, pues construyamos un archipiélago.

Solo nosotros nos salvaremos a nosotros mismos. Pero, no deben de irse de rositas, naturalmente. Empezando por lo más urgente.

Creo que deberíamos incluir en la agenda de nuestra indignación el objetivo de que cese un gobierno que, a mi juicio, es ilegítimo.

Y he escrito más arriba la palabra gobierno con minúscula porque lo que quiero decir cuando aludo al gobierno de Rajoy, no es que la institución que gestiona el PP esté deslegitimada per se. Obviamente eso no es así. Pero si por legítimo entendemos cierto, genuino y verdadero en cualquier línea, el modo como el PP gobierna no es legítimo.

Empezando por el final: casi una cuarta parte de la población española no tiene trabajo;  el 53% de los menores de 25 años no encuentran ocupación remunerada;  más de 1,7 millones de hogares tienen en paro a todos sus miembros; en los últimos seis meses se han marchado de España más de 45.000 personas –altamente cualificadas- que tienen entre25 y 45 años.  Nadie –y el Gobierno, que aparece un boxeador sonado, menos que nadie-  puede asegurar cuándo acabará esta sangría que amenaza con destruirnos.

Sí, el PP ganó las elecciones generales en buena ley, pero si consideramos el tremendo drama que expresa el párrafo anterior  en la vida concreta de la gente y el hecho de que una revisión del programa electoral de dicho partido no resiste el contraste con la realidad de las decisiones de gobierno adoptadas, ¿no estamos ante un escrutinio más que definitivo?  ¿Acaso a la luz de lo sucedido en los últimos meses, la acción de gobierno no ha empeorado nuestra situación real? ¿Es ese una forma de gobernar cierta, genuina y verdadera en cualquier línea?

¿Elecciones anticipadas? Pues tal vez sí, pero solo si sirven como paso previo para una suerte de tabla rasa que nos ponga a los ciudadanos frente a nuestra realidad y fuercen a nuestros políticos a un acuerdo, una acción de la altura de miras necesaria que pueda ilusionarnos en la desgracia y movernos a la acción.

 ¿Qué los españoles podemos sacar adelante nuestro país? Pues claro. Pero, como digo, vayamos empezando por nuestra cuenta porque de quienes deberían liderarnos poco podemos esperar.

viernes, 20 de julio de 2012

Que se vayan


Sé que no tengo la culpa. Siento que no la tengo.

Siento que, bien sobrepasados los cincuenta, no he vivido jamás por encima de mis posibilidades. Lo sé.

Entonces ¿por qué me siento culpable? ¿tal vez por un desmedido sentido de la responsabilidad (si es que tal cosa cabe)? ¿Quizás porque, en un supremo gesto de amor quiero ofrecerles un culpable, un chivo expiatorio en quien descargar su legítima indignación? ¿ alguien que esté dispuesto a dejarse rebanar  el alma llegado el caso? ¿ alguien que no huya detrás de la palabras, las grandes palabras y las palabras mezquinas, que no les engañe de nuevo, que no vomite bazofia intelectual para explicar lo injustificable, lo injusto?

Eso no lo sé. Ese sentimiento no lo entiendo bien.

¿Debo pedirles disculpas? No, por supuesto, a ningún poder, a ninguna institución, a ningún gobierno. Pero ¿y a ellos?  No es una conversación para tener en tales términos, pero si la tuviera sé muy bien la respuesta. Siento la respuesta en su calor cercano. Son generosos: otros hubieran quemado ya cualquier cosa que fuera combustible; por joder; con razón.

Más de 40.000 españoles se han marchado este año de 2012 fuera de España. A buscarse la vida. Tienen entre 25 y 45 años  según el Instituto Nacional de Estadística y son personas muy formadas.  Me rio yo de la prima de riesgo. Esto sí que es una tragedia.

¿Saben qué? Si tienen las agallas suficientes, que se vayan. Y si alguien les habla de patriotismo que se rían en su cara. ¿Quién puede tener la desfachatez suficiente, la crueldad necesaria para pedirles que se queden en nombre de la patria? ¿Qué coño es la patria? Ellos son la patria y son otros quienes la echan al sumidero de la historia.

Aquí seguiremos los viejos o los casi viejos. Haciendo lo que podamos aunque nos duela el espinazo. Malviviendo si hace falta. No ocurrirá, pero si sienten la necesidad de buscar culpables, aquí estaremos dando la cara. Ellos son nuestros hijos y nosotros somos sus padres. Y los otros, los que dicen hacer aquello que no quieren, los que lavan su conciencia de fariseos con golpes de pecho, unos extraños.