La gasolina disparada. El precio del dinero a punto de complicarle la vida más a las empresas y a las familias. Las cifras del paro disparadas y, lo que es peor, repartiendo el drama indiscriminadamente en todos los sectores de actividad.
¿Qué más nos tiene que pasar? ¿Cómo no aconsejar a nuestros hijos o a nuestros nietos que emigren ya a un lugar en donde haya alguna expectativa por dura o remota que sea?
Que termine ya la legislatura y se convoquen elecciones. No es por que piense yo que, de ganar el Partido Popular -que está por ver- vaya a cambiar algo. No es que, de ganar de nuevo el PSOE -con Zapatero, con Rubalcaba o con quien sea- me parezca que algo nuevo vendrá.
Es solo que la pesadilla tiene que acabar ya. Y a lo mejor desenchufando y volviendo a enchufar se arregla algo.
El otro día en un acto oficial, el Rey despedía a un buen número de chicos y chicas becados por La Caixa que se van a estudiar al extranjero. "Espero que a vuestra vuelta haya más puestos de trabajo" les dijo Juan Carlos; y su cara era un poema.
Comentarios críticos sobre las cosas que nos pasan a la gente corriente
viernes, 4 de marzo de 2011
miércoles, 2 de marzo de 2011
Las tecnologías de la información y la DGT
Observese lo que me ha sucedido:
Recibo una denuncia de tráfico en la que se me impone una sanción de 100 euros. En la boleta se me informa de que si pago ipso facto, tendré una reducción del 50 por ciento, así es que me pongo al ordenador a fin de formalizar el trámite a través de internet y mediante mi tarjeta VISA.
Todo perfecto: operación realizada con éxito. Hay que ver lo que adelanta la ciencia.
Poco después, se me ocurre mirar con cierta atención algo a lo que no solemos hacer demasiado caso por lo general: el extracto que nos manda el banco de vez en cuando y con una secuencia que solo ellos, y acaso Correos, comprenden. Oh! hay dos adeudos de la misma cantidad a favor de la Dirección General de Tráfico, por el mismo importe y con las mismas referencias.
Sin duda se ha producido una duplicidad, discurro. Así es que telefoneo a un servicio de atención de la DGT (por supuesto un 902) y, despues de un buen rato de conversación robótica, un ente al parecer de mi propia especie aunque de una amabilidad y solicitud imposibles, me confirma que en efecto se trata de un doble cargo achacable a un error que, por lo demás, se ha producido más veces y afecta a un número indeterminado de usuarios del automóvil.
Vale ¿Y cómo lo van a arreglar? pregunto inocente. Pues la voz celestial me indica que he de esperar máximo dos meses, dentro de cuyo plazo recibiré una comunicación y con ella he de personarme en las oficinas de la DGT (sólo quien conozca tales oficinas en la calle Arturo Soria de Madrid se hace una idea de por qué al punto me temblaron las rodillas) a fin de dejar el asunto concluido.
Mi siguiente pregunta es que por qué he de solucionar yo un problema que no he creado yo; por qué he de sufrir yo más molestias de las que implican lo que, precisamente, estoy haciendo en el momento: ser molestado sin buscarlo. Pero entonces la voz se vuelve más dulce aún, como si con ello quisiera combatir lo que sin duda intuye: que estoy a punto de cagarme en tó.
Lo que sigue sin duda lo sabe ya el lector curtido en mil peripecias similares: vocifero, pido hablar con alguien que resuelva, que aconseje, que comprenda...o con alguien a secas, porque a esas alturas ya he comprendido que la voz no es real; sin duda es una ilusión o un a máquina perfecta de manejar energúmenos.
¿Solución? Pues ninguna, por supuesto. Igual algún día me devuelven los 50 pavos. Pero no se.
Recibo una denuncia de tráfico en la que se me impone una sanción de 100 euros. En la boleta se me informa de que si pago ipso facto, tendré una reducción del 50 por ciento, así es que me pongo al ordenador a fin de formalizar el trámite a través de internet y mediante mi tarjeta VISA.
Todo perfecto: operación realizada con éxito. Hay que ver lo que adelanta la ciencia.
Poco después, se me ocurre mirar con cierta atención algo a lo que no solemos hacer demasiado caso por lo general: el extracto que nos manda el banco de vez en cuando y con una secuencia que solo ellos, y acaso Correos, comprenden. Oh! hay dos adeudos de la misma cantidad a favor de la Dirección General de Tráfico, por el mismo importe y con las mismas referencias.
Sin duda se ha producido una duplicidad, discurro. Así es que telefoneo a un servicio de atención de la DGT (por supuesto un 902) y, despues de un buen rato de conversación robótica, un ente al parecer de mi propia especie aunque de una amabilidad y solicitud imposibles, me confirma que en efecto se trata de un doble cargo achacable a un error que, por lo demás, se ha producido más veces y afecta a un número indeterminado de usuarios del automóvil.
Vale ¿Y cómo lo van a arreglar? pregunto inocente. Pues la voz celestial me indica que he de esperar máximo dos meses, dentro de cuyo plazo recibiré una comunicación y con ella he de personarme en las oficinas de la DGT (sólo quien conozca tales oficinas en la calle Arturo Soria de Madrid se hace una idea de por qué al punto me temblaron las rodillas) a fin de dejar el asunto concluido.
Mi siguiente pregunta es que por qué he de solucionar yo un problema que no he creado yo; por qué he de sufrir yo más molestias de las que implican lo que, precisamente, estoy haciendo en el momento: ser molestado sin buscarlo. Pero entonces la voz se vuelve más dulce aún, como si con ello quisiera combatir lo que sin duda intuye: que estoy a punto de cagarme en tó.
Lo que sigue sin duda lo sabe ya el lector curtido en mil peripecias similares: vocifero, pido hablar con alguien que resuelva, que aconseje, que comprenda...o con alguien a secas, porque a esas alturas ya he comprendido que la voz no es real; sin duda es una ilusión o un a máquina perfecta de manejar energúmenos.
¿Solución? Pues ninguna, por supuesto. Igual algún día me devuelven los 50 pavos. Pero no se.
martes, 22 de febrero de 2011
Con los piés por delante
En castizo, es así como dice Gadafi que le van a sacar de Libia. Con los piés por delante, o nada.
A estas alturas y, dada la velocidad que cogen los acontecimientos en estos tiempos, eso es exactamente lo que va a pasar como tarde mucho el sátrapa en salir corriendo que es, lo que de verdad cumple a los tipos de su ralea.
Es tan repugnante lo que está haciendo Gadafi (y su nefasto heredero) con su gente que, en efecto, o se larga ya mismo con lo que pueda llevarse puesto o serán los militares los que lo ultimen; a él y a unos cuantos soldados de fortuna para dar ejemplo. Cuestión de un par de dias. Dicen quienes parecen saber, que el próximo avión de caza que despegue no soltará su carga mortífera sobre la gente, ni se largará a pedir socorro a Malta; soltará sus pepinos sobre la cabeza misma del dictador. O algo parecido.
Seguro que, amigo de pernoctar en jaimas bajo las estrellas, cualquiera le cede un parque a su gusto. Berlusconi, por ejemplo.
Pero si quiere acabar de martir de ninguna causa, pues sea. Pero ya.
A estas alturas y, dada la velocidad que cogen los acontecimientos en estos tiempos, eso es exactamente lo que va a pasar como tarde mucho el sátrapa en salir corriendo que es, lo que de verdad cumple a los tipos de su ralea.
Es tan repugnante lo que está haciendo Gadafi (y su nefasto heredero) con su gente que, en efecto, o se larga ya mismo con lo que pueda llevarse puesto o serán los militares los que lo ultimen; a él y a unos cuantos soldados de fortuna para dar ejemplo. Cuestión de un par de dias. Dicen quienes parecen saber, que el próximo avión de caza que despegue no soltará su carga mortífera sobre la gente, ni se largará a pedir socorro a Malta; soltará sus pepinos sobre la cabeza misma del dictador. O algo parecido.
Seguro que, amigo de pernoctar en jaimas bajo las estrellas, cualquiera le cede un parque a su gusto. Berlusconi, por ejemplo.
Pero si quiere acabar de martir de ninguna causa, pues sea. Pero ya.
Sáhara: que 35 años no es nada
Al final de una larga y polvorienta calle, en el extremo este de la ciudad de El Aaium, había un pequeño cementerio, cerca de la Misión Católica, a un tiro de piedra del Casino Militar y un poco más del cine Las Dunas. Hace de eso 35 años.
Por lo que adivino en las pésimas y escasas imágenes que nos llegan del Sahara en estos días, aquello ha debido cambiar mucho. Ignoro si aquel pequeño camposanto, sucio y descuidado, sigue existiendo y si, por tanto, aún reposan allí los restos más íntimos de un nefasto y vergonzante pasado colonial.
Visité aquel lugar por encargo de un familiar lejano que había perdido un hijo a finales de los sesenta en aquel territorio; el chico era paracaidista cuando murió de “paro cardiaco” que era como moría todo el mundo que moría en circunstancias que el régimen de Franco no deseaba explicar. Allí estaba, en efecto su tumba; y la de otros muchachos que habían fallecido en acciones militares que, hasta el momento mismo del abandono, siempre se ocultaron.
De modo que, si no se los trajeron en la Operación Golondrina, que lo dudo (habrá quien vea un cierto sarcasmo en la operación de evacuación del Sahara y el peculiar vuelo del poético pájaro), allá hay muertos españoles.
Tan españoles, por cierto, como el saharahui que ha perdido la vida en estos días de plomo, o como muchos otros que por su edad tienen un carné de identidad tan valioso como sus coetáneos de Vitigudino o de Melgar de Fernamental. En aquellos tiempos, tan provincia española eran las alamedas del Duero como el Saguia el Hamra y Río de Oro.
¿Están los derechos humanos por encima de las razones estratégicas? Por supuesto que deberían estarlo, pero resulta arcangélico suponer que así es en la realidad. El paradigma es la ministra Jiménez: oigo lo que dice; veo esa carita de buena, esa amabilidad de cursillo de relaciones publicas para call centres y comprendo que definitivamente el pueblo saharahui ha sido abandonado a su suerte (como si no lo estuviera ya desde hace mucho tiempo). Lo que hace España, Francia, Estados Unidos, Europa y la ONU es autorizar de hecho el genocidio que Marruecos viene cometiendo con esa gente.
Ya se que algunos me dirán que no es lo mismo, que no tiene nada que ver: aquí a todos los políticos se les llena la boca cuando hablan de las víctimas del terrorismo; apenas arrugan el morro cuando se trata de españoles que perdieron la vida hace tiempo y allá se quedaron o con los nuevos muertos, también españoles.
En noviembre del 75 se produjo un acto ruin, cobarde y, sobre todo, incomprensible se analice como se analice. Los Acuerdos de Madrid fue uno de los últimos actos de la tragedia de la dictadura y los responsables fueron aquellos siniestros personajes que lloraron al poco a Franco, pero también lo fue el Rey y lo fueron otros prebostes patrios que aún andan por ahí.
Sí, naturalmente que si el Gobierno español adoptara otra postura, es posible que Marruecos montara una edición moderna de la Marcha Verde a las puertas de Ceuta o Melilla (o una Marcha Negra, temen algunos), es decir de España, o sea, de Europa, a saber: de Occidente. Puede que hasta empezaran a colarse por el Estrecho salafistas furiosos dispuestos a dinamitar nuestro bienestar.
Esas son las razones estratégicas, las del pragmatismo, las del mal menor... Por eso no hay nada que hacer en este asunto. Por eso España olvida a sus hermanos. ¿Por eso se olvidarán las victimas? ¿todas las víctimas? ¿cualquier clase de víctimas?
Por lo que adivino en las pésimas y escasas imágenes que nos llegan del Sahara en estos días, aquello ha debido cambiar mucho. Ignoro si aquel pequeño camposanto, sucio y descuidado, sigue existiendo y si, por tanto, aún reposan allí los restos más íntimos de un nefasto y vergonzante pasado colonial.
Visité aquel lugar por encargo de un familiar lejano que había perdido un hijo a finales de los sesenta en aquel territorio; el chico era paracaidista cuando murió de “paro cardiaco” que era como moría todo el mundo que moría en circunstancias que el régimen de Franco no deseaba explicar. Allí estaba, en efecto su tumba; y la de otros muchachos que habían fallecido en acciones militares que, hasta el momento mismo del abandono, siempre se ocultaron.
De modo que, si no se los trajeron en la Operación Golondrina, que lo dudo (habrá quien vea un cierto sarcasmo en la operación de evacuación del Sahara y el peculiar vuelo del poético pájaro), allá hay muertos españoles.
Tan españoles, por cierto, como el saharahui que ha perdido la vida en estos días de plomo, o como muchos otros que por su edad tienen un carné de identidad tan valioso como sus coetáneos de Vitigudino o de Melgar de Fernamental. En aquellos tiempos, tan provincia española eran las alamedas del Duero como el Saguia el Hamra y Río de Oro.
¿Están los derechos humanos por encima de las razones estratégicas? Por supuesto que deberían estarlo, pero resulta arcangélico suponer que así es en la realidad. El paradigma es la ministra Jiménez: oigo lo que dice; veo esa carita de buena, esa amabilidad de cursillo de relaciones publicas para call centres y comprendo que definitivamente el pueblo saharahui ha sido abandonado a su suerte (como si no lo estuviera ya desde hace mucho tiempo). Lo que hace España, Francia, Estados Unidos, Europa y la ONU es autorizar de hecho el genocidio que Marruecos viene cometiendo con esa gente.
Ya se que algunos me dirán que no es lo mismo, que no tiene nada que ver: aquí a todos los políticos se les llena la boca cuando hablan de las víctimas del terrorismo; apenas arrugan el morro cuando se trata de españoles que perdieron la vida hace tiempo y allá se quedaron o con los nuevos muertos, también españoles.
En noviembre del 75 se produjo un acto ruin, cobarde y, sobre todo, incomprensible se analice como se analice. Los Acuerdos de Madrid fue uno de los últimos actos de la tragedia de la dictadura y los responsables fueron aquellos siniestros personajes que lloraron al poco a Franco, pero también lo fue el Rey y lo fueron otros prebostes patrios que aún andan por ahí.
Sí, naturalmente que si el Gobierno español adoptara otra postura, es posible que Marruecos montara una edición moderna de la Marcha Verde a las puertas de Ceuta o Melilla (o una Marcha Negra, temen algunos), es decir de España, o sea, de Europa, a saber: de Occidente. Puede que hasta empezaran a colarse por el Estrecho salafistas furiosos dispuestos a dinamitar nuestro bienestar.
Esas son las razones estratégicas, las del pragmatismo, las del mal menor... Por eso no hay nada que hacer en este asunto. Por eso España olvida a sus hermanos. ¿Por eso se olvidarán las victimas? ¿todas las víctimas? ¿cualquier clase de víctimas?
Europa irresponsable
Ya en la década de los setenta, cuando empezaba a preocupar a nuestra acomodada sociedad europea, el fenómeno de la inmigración desde el continente africano, había voces que decían: o les ayudamos en sus países de origen, o vendrán a cogerlo.
Y durante décadas han estado viniendo a intentar coger aquello que en su tierra se les negaba: un poco de prosperidad, algo de libertad, ciertas migajas de bienestar.
Ahora vienen menos, pero no es porque las cosas hayan mejorado en donde ellos están, sino porque por estos lares también las pasamos canutas (aunque algunas comparaciones parezcan un sarcasmo) y lo saben, lo ven en la tele o en Internet.
Europa va a perder otra oportunidad, la está perdiendo ya. Esa lentitud en reaccionar, esa desidia, esa pereza de cultura antigua y autocomplaciente, es irresponsable en términos históricos y geopolíticos.
Lo que sucede en Egipto, Túnez, Argelia, Libia y, en menor medida o eso parece por ahora, en Marruecos (también en Bareim, en Yemen y en el inmenso Irán) es la revuelta del hambre o la del hartazgo, o ambas cosas. Nada tiene que ver con la religión. Los que no tienen nada, los que teniéndolo ya no soportan que le suban el pan y la sal, los que aspiran a una sociedad más libre, justa y próspera en su propio país (allí, en donde ellos están), son musulmanes y no desean renunciar a serlo, ni dejarán que el fanatismo arruine sus aspiraciones.
¿Les dejaremos a su suerte? ¿Le daremos más razones al islamismo radical o iremos de la mano de esas gentes que quieren cambiar las cosas, haciéndonos de paso un favor a nosotros mismos?
Y durante décadas han estado viniendo a intentar coger aquello que en su tierra se les negaba: un poco de prosperidad, algo de libertad, ciertas migajas de bienestar.
Ahora vienen menos, pero no es porque las cosas hayan mejorado en donde ellos están, sino porque por estos lares también las pasamos canutas (aunque algunas comparaciones parezcan un sarcasmo) y lo saben, lo ven en la tele o en Internet.
Europa va a perder otra oportunidad, la está perdiendo ya. Esa lentitud en reaccionar, esa desidia, esa pereza de cultura antigua y autocomplaciente, es irresponsable en términos históricos y geopolíticos.
Lo que sucede en Egipto, Túnez, Argelia, Libia y, en menor medida o eso parece por ahora, en Marruecos (también en Bareim, en Yemen y en el inmenso Irán) es la revuelta del hambre o la del hartazgo, o ambas cosas. Nada tiene que ver con la religión. Los que no tienen nada, los que teniéndolo ya no soportan que le suban el pan y la sal, los que aspiran a una sociedad más libre, justa y próspera en su propio país (allí, en donde ellos están), son musulmanes y no desean renunciar a serlo, ni dejarán que el fanatismo arruine sus aspiraciones.
¿Les dejaremos a su suerte? ¿Le daremos más razones al islamismo radical o iremos de la mano de esas gentes que quieren cambiar las cosas, haciéndonos de paso un favor a nosotros mismos?
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